De lo malo, algo bueno
De mi mente no se borra aquel día en el hospital. Una caída hizo asustar a toda la familia, mi madre estaba hospitalizada con los huesos de su cadera hechos pedazos y todos nos encontrábamos allí, afuera de terapia intensiva esperando que aparezca el largirucho del doctor diciéndonos que la operación había sido un éxito. Eso esperábamos.
Tú, estabas merodeando por ahí, esperando noticias de tu amigo enfermo. Estabas ahí, de pie, pensando en tantas cosas, cumpliendo como amigo, esperando que el intento de suicidio no haya pasado a mayores.
No sé cómo te acercaste, creo que habías detallado a cabalidad las opciones para llegar a mi… el tinto fue la más fácil y certera de las razones.
Era mi madre, era tu amigo… éramos los dos. Éramos los dos. Nuestras mentes en otro lado, pero las sensaciones que cada uno tenía por la presencia del otro hizo estallar esa primera conversación.
Ese mechón de cabello que cubre tu frente oculta tus ojos castaños misteriosos. Castaños? Verdes? Qué se yo! Lo que me atraía era la mirada, esa mirada tuya que con el tiempo aprendió a desnudarme frente a todos, aun cuando nunca tuvimos oportunidad de vernos íntimamente.
Me parece extraña la situación ahora que estás junto a mi. Hubo tantas palabras, hubo tantos gestos, miradas, declaraciones obscenas al oído, pretensiones, proposiciones… el tiempo, el destino jugó en nuestra contra.
Eras un hombre vetado para mi, lo sabes. Pero causabas mucha excitación en mi, lo acepto.